4 May, 2010

El oro encontrado era insignificante, pero la quimera produjo excelente literatura, música y arquitectura, paisajes de ensueño, muchos misterios y misticismo para todos los gustos.
Todo comenzó en 1749 cuando el aventurero francés Petitvenit anduvo explorando las serranías y envió a España muestras de oro y piedras preciosas. Bastó eso para que la Corona desviara la expedición del Coronel Antonio de Escurruchea que se dirigía al lejano Potosí, para verificar los hallazgos, que fueron considerados ciertos. Así que en 1751 el Rey de España resuelve brindar ayuda para los montevideanos que quisieran probar fortuna.

Uno de ellos fue Cosme Alvarez, un español que se jugó entero por la quimera del oro, perforó y escarbó durante cinco años hasta darse por vencido. Finalmente se encontraron yacimientos como los del Arroyo Campanero Chico y El Soldado. Pero cada tonelada de mineral rendía apenas nueve gramos de oro.
Una de esas excavaciones está a unos siete kilómetros de una ciudad que no podía llamarse de otra manera que Minas, pues mineros era lo que había por allí cuando fue fundada, cuarenta años después de los primeros hallazgos. La otra excavación importante está detrás del Parque de Vacaciones de la UTE y al contrario de la otra, que dispone de guías que salen cada pocos minutos, en esta estarás ante una exploración silenciosa y poco conocida. Verás el “oro del bobo” que tantas ilusiones forjó y si sos un suertudo increíble, hasta podrías encontrar esa veta con la que tantos soñaron.
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